Gobierno actualiza inventario nacional de glaciares y evalúan efectos de emisiones de material particulado en los hielos

El especialista advierte que son muchas las fuentes que aportan partículas contaminantes como el hollín (carbono negro), que se depositan sobre los hielos y aceleran su derretimiento. Provienen de zonas urbanas, de caminos sin pavimentar, de incendios y de faenas mineras, entre otras actividades. 

Un par de meses atrás, el glaciólogo Gino Casassa recorría las montañas de los Andes y la Antártica en “modo científico”, tomando muestras de hielo e investigando en terreno un tema que lo apasiona desde su tesis profesional: los glaciares.

En eso estaba cuando lo llamaron de la Dirección General de Aguas (DGA) del Ministerio de Obras Públicas para ofrecerle el cargo de jefe de la Unidad de Glaciología y Nieves, un área que el Gobierno quiere reforzar y elevar de rango en el corto plazo, para convertirla en una división del MOP.

“No estaba en mis planes; lo pensé y lo vi como una oportunidad de hacer un aporte con mi experiencia como científico y como consultor”, dice este académico de la U. de Magallanes, plantel al cual seguirá vinculado en las horas que la ley le permite.

Casassa, ingeniero hidráulico de la U. de Chile, PhD, con posgrados en Japón y en Estados Unidos, integró el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) -que fue cogalardonado, junto a Al Gore, con el Premio Nobel de la Paz en 2007- y es miembro de la Academia de Ciencias desde 2014.

Este es “un momento bastante único”, observa, en que se necesita pensar en la adaptación del país al cambio climático, “en este escenario, en que se reducen las precipitaciones, aumentan las temperaturas y estamos enfrentados a una reducción de los glaciares”.

Asumió justo cuando el cuidado de estas masas de hielo que Chile cobija en su cordillera, en los Campos de Hielo Norte y Sur y en la Antártica, se ha convertido en un tema estratégico en el debate legislativo. Especialmente, luego de que el Ejecutivo decidiera no continuar apoyando una futura ley de glaciares que se tramitaba desde 2014 en la Cámara. Esto hizo que surgiera una moción en el Senado, de apoyo parlamentario transversal, con el fin de declarar a los glaciares “bienes nacionales” y que se les dé un estatus de áreas protegidas, lo que hoy mantiene en alerta a la industria minera, que teme un marco legal muy restrictivo y retroactivo. Otro proyecto similar se tramita en la Cámara.

El Gobierno, a través de la DGA, no se resta del debate. Casassa, a la cabeza de la unidad especializada, aunque lleva un mes en el cargo, ya ha ido tres veces al Congreso, dos a la Cámara y una al Senado.

Conocedor de la experiencia internacional y desde la mirada técnica, el especialista es tajante: “No veo estrictamente necesario que tengamos que generar como país una ley de glaciares. Solo un país en el mundo lo ha hecho (Argentina) y el resto ha incorporado normas en su legislación de los servicios de evaluación de impacto ambiental o áreas silvestres protegidas”.

Le parece buena idea que se integre la protección de los glaciares en el futuro proyecto de ley de cambio climático y en la creación del Servicio Nacional de Biodiversidad, hoy en trámite, que fue la opción que tomó el Ejecutivo. También cree muy necesario reforzar las normas del sistema de evaluación de impacto ambiental (SEIA), a través de la “guía ambiental de glaciares”, hoy en revisión en la DGA.

¿Qué tenemos y en qué estado?

La última vez que se publicó un inventario nacional de glaciares fue en 2014, con datos de 2012. Y aunque todo este tiempo se han monitoreado las variaciones, hoy es prioridad de la Unidad de Glaciología y Nieves actualizar ese catastro con datos satelitales más recientes, proceso que podría estar listo en 2019 y permitirá reflejar los cambios ocurridos.

En la idea de no duplicar esfuerzos, dice el experto, se vincularán a otros proyectos científicos, como los del Centro de Estudios de Zonas Áridas (Ceaza) para el catastro en el norte.

En el inventario vigente hay catastrados 24.114 glaciares, que cubren un total de 23.641 km {+2} , el 76% corresponde a Campos de Hielo Norte y Sur. Son todos mayores a una hectárea, que es el parámetro sugerido por Unesco y el IPCC. Aunque sí hubo otros 68, menores a esa superficie, que se consideraron relevantes de observar.

“Lamentablemente, en Chile, como en el planeta, la gran mayoría de los glaciares están en franco retroceso, reducción y adelgazamiento”, explica Casassa. Sin embargo, al igual como ocurre en el mundo, hay unos pocos, con condiciones muy particulares, que avanzan, como el Pío XI, otros en Canal Beagle y en Cordillera de Darwin.

Si habrán desaparecido glaciares, como ya ocurrió en Perú y en Bolivia, es una de las incógnitas. “Habrá algunos que ya no estarán en el inventario porque se han reducido muchísimo”, cree el experto.

Estas masas de hielo están extinguiéndose y fragmentándose, describe, por la mayor radiación solar que eleva las temperaturas de la Tierra, pero a ese fenómeno natural hay que sumarle el efecto antrópico (de las actividades humanas), que es acumulativo y de larga data.

Aunque los ambientalistas focalizan la afectación de glaciares en la minería, para Casassa esa industria es un actor importante (ver recuadro), pero se suma a muchas otras actividades humanas que contribuyen a la reducción de los glaciares.

En ese sentido, explica Casassa, desde esta unidad de la DGA se conectarán con varios estudios en curso para investigar la contribución de todo tipo de fuentes de material particulado -proveniente de las ciudades, industria, de faenas mineras, incendios forestales, volcanes-, el que es arrastrado por los vientos hacia los glaciares y acelera su derretimiento, al oscurecer la superficie y atraer más radiación solar.

La idea es construir un catastro de la situación de nieves y glaciares en todas las regiones, para evaluar hasta dónde llega la contaminación por material particulado y cómo impacta. El mismo Casassa ha estado participando en dos de esos proyectos Fondef y Fondecyt, que involucran a científicos de varias instituciones (Usach, UC, U. Chile, Unab y U. Magallanes, entre otras) en que se investiga el efecto en los glaciares del hollín o carbono negro, que proviene de combustibles usados en las urbes y en la industria.

“Hay relativamente buenas noticias: las condiciones son más limpias de lo que esperábamos. Sí hay afectación de ciudades en el sur”, dice Casassa. No obstante, enfatiza que todo este efecto se suma “al gran causante de la reducción de glaciares, que es el cambio climático”.

Domingo 9 de septiembre de 2018. 

Por Nieves Aravena E.
Fuente: Economía y Negocios Domingo / El Mercurio