Ingenieros limpiarán el agua de los aymaras con microalgas

Con un proyecto financiado por Corfo, instalaron una planta en el Núcleo de Biotecnología Curauma (NBC). Ahora viajarán hasta Camiña, Región de Tarapacá, para implementar su tecnología a la comunidad que tiene sus aguas contaminadas con arsénico y boro.

Cinthia Matus O.

El 28 de julio de 2010, a través de la Resolución 64/292, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) reconoció que “el derecho al agua potable y el saneamiento es un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos”. Sin embargo, por diversas causas -entre ellas los desechos industriales y el calentamiento global- unos 884 millones de personas carecen de acceso a agua potable y más de 2.600 millones de personas no tienen acceso a saneamiento básico.

Esto ha generado gran alarma a nivel mundial, ya que de acuerdo a la misma ONU, “cada año fallecen aproximadamente 1,5 millones de niños menores de 5 años y se pierden 443 millones de días lectivos a consecuencia de enfermedades relacionadas con el agua y el saneamiento”.

En este sentido, se ha reportado un aumento del hidroarsenicismo crónico regional endémico (HACRE), una enfermedad derivada de la ingestión de agua con arsénico durante períodos prolongados, que puede terminar en lesiones de la piel y en cáncer.

“La exposición prolongada al arsénico a través del consumo de agua y alimentos contaminados puede causar cáncer, lesiones cutáneas y también enfermedades cardiovasculares, neurotoxicidad y diabetes”, indica la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En Chile, conscientes de que esta situación también afecta a varios sectores, un grupo de profesionales creó el proyecto “Abatimiento de metales pesados con microalgas”, el cual, además de descontaminar el agua, ayuda a comunidades que están aisladas.

Robinson Soto Ramírez, ingeniero civil bioquímico y principal responsable de la iniciativa, cuenta que esto nació cuando estaba trabajando para una salmonera.

“Cuando estaba en el Norte construí una planta de microalgas para producir pigmentos para salmones. Ahí producíamos una microalga que se llama haematococcus pluvialis y que vendíamos a los salmoneros para que la mezclaran con la comida del salmón y así se pigmentara su carne. En ese proceso nos dimos cuenta que las muestras que llegaban a Estados Unidos y a otros países tenían alto contenido de arsénico, lo cual fue un tremendo problema para la empresa en la que estuve”, detalla.

Con ese panorama, Soto tuvo que buscar soluciones hasta que dio con su proyecto actual. “Me dije ‘si estas microalgas se cargan con arsénico dejando el agua totalmente limpia, entonces efectivamente las microalgas atrapan éste y otros metales’. Así que a partir de allí, en vez de producir microalgas para los pigmentos, empezamos a producir una microalga que sirviera para remover y sacar los metales pesados del agua”, afirma.

Arsénico principalmente y boro, ya que son los dos metales que están más presentes en las aguas contaminadas.

Primera aplicación

Para llevar a cabo esta nueva propuesta, el ingeniero junto a su equipo (ingeniero en bioprocesos, analista químico, químico industrial y un ingeniero mecánico) instaló una planta en Curauma, Placilla.

“La planta de producción de microalgas está ubicada en las dependencias de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), específicamente en el Núcleo de Biotecnología Curauma (NBC) y es desarrollada con mi consultora Genera SPA y una empresa del rubro de ingeniería ambiental. Allí partimos con la cepa y después la cultivamos a una escala piloto”, destaca Robinson Soto.

En sí, la tecnología está desarrollada principalmente para la IV Región hacia el Norte, la VI Región y algunos sectores de la Región Metropolitana. No obstante, también considera a la comuna de San Felipe, en la V Región, por sus problemas con la actividad minera.

“Ahora estamos muy entusiasmados porque vamos a hacer nuestra primera aplicación en Camiña (a 195 kilómetros al noreste de Iquique). Es un proyecto al que se le ve mucho futuro porque va a a ayudar a una comunidad aislada en el tratamiento de sus aguas y sería muy bueno que las empresas se interesaran porque esta tecnología puede ayudar a muchos”, advierte el ingeniero.

La comunidad a la que se refiere Robinson Soto es la de los aymaras. “Estamos trabajando con comunidades aymaras y para nosotros esto es muy valioso porque estamos entrando en su cultura, respetando su visión del mundo, todo su ámbito social, qué significa para ellos el agua, etcétera”, comenta.

Respecto al procedimiento para descontaminar el agua, el experto indica que la biomasa de microalgas (muy similar a una sopa verde) se coloca en el fondo de su equipo. Luego se ingresa el agua que está contaminada, la cual hace contacto con la sopa verde. Posteriormente se saca el agua y sale sin la sopa verde y sin metales pesados.

Buscan inversionistas

Ahora bien, como sucede con muchas de estas iniciativas, los recursos no son suficientes para expandirla a todos los sectores que lo necesitan. Por lo tanto, el equipo busca financiamiento a través de Corfo o alguna empresa que le gustaría apostar por ella.

“El modelo de negocio que estamos proponiendo tiene dos aristas. La primera es vender un equipo para que alguien que tenga una necesidad, por ejemplo, una comunidad, la implemente. Y la segunda, es que una empresa que esté interesada en desarrollarla y venderla, recibir todos los conocimientos. Es decir, cómo se produce la biomasa de algas, cómo se pone en contacto con la fuente contaminada y cómo se hace la solución. Le transferimos los planos, memorias de cálculo, toda la tecnología y que ellos paguen una patente”, especifica Soto.

Aunque con la segunda opción corren el riesgo de que hagan plagio, el ingeniero confiesa que está tranquilo. “Eso es parte del riesgo de todas las cosas, pero en Estados Unidos sería más peligroso. Además, esto no es tan fácil como se pudiera creer ya que montar un equipo, para producir la biomasa de microalga tiene su ciencia”, expresa.

Con todo, el emprendedor quiere que los grandes apuesten por el producto nacional. “Ahora estamos postulando a otro fondo Corfo para hacer la implementación comercial, pero nos interesan los inversionistas o gente interesada en la tecnología que quiera invertir en esto y en tecnologías hechas en Chile por chilenos y que funcionan. Esto también es un tema cultural que de repente no se invierta en cosas hechas en el país porque el chileno no cree que funcione, pero se sabe que empresas grandes contratan tecnología extranjera alemana, inglesa o norteamericana y que los proyectos se caen en mala. Entonces es como un mito de que sólo la tecnología de afuera es buena, acá en Chile podemos hacer buena tecnología”, sentencia.

Fuente: La Estrella de Antofagasta